Cuando la IA “inventa” fallos: el problema no es la máquina, somos nosotros

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En los últimos meses se puso de moda algo que, sinceramente, me preocupa: abogados copiando y pegando “jurisprudencia” salida directamente de un chat con inteligencia artificial, sin verificar nada en una base jurídica seria.

No hablo de ciencia ficción. Hablo de algo muy simple: le pedís a la IA “dame fallos sobre daño psicológico en accidentes de tránsito”, te responde con una sentencia impecablemente redactada, con carátula, tribunal, número de expediente y hasta algún párrafo de doctrina. Lo leés rápido, te cierra, lo copiás en tu escrito… y ese fallo no existe en ningún lado.

Eso no es tecnología. Eso es poner en riesgo tu matrícula por ahorrarte cinco minutos en el buscador jurídico.


Qué hace realmente un asistente de IA (y qué no hace)

La primera confusión es básica: un modelo de lenguaje no es un buscador jurídico.

Un asistente de IA trabaja de otra manera: no se conecta al Lex100, no entra a bases de datos especializadas ni consulta repertorios de jurisprudencia en tiempo real. Lo que hace es predecir texto verosímil a partir de patrones que aprendió en su entrenamiento.

Por eso puede “redactar” algo que parece una sentencia:

  • formato de fallo,
  • tribunal razonable,
  • fecha plausible,
  • considerandos con lenguaje técnico correcto.

El problema es que eso puede ser una construcción puramente estadística, no un fallo real dictado por ningún juzgado. El modelo no “miente” con intención: completa patrones. El que está obligado a distinguir entre texto verosímil y fuente jurídica válida es el abogado.


El escenario típico: cómo se arma la trampa

El mecanismo suele ser este:

  1. El abogado tiene poco tiempo y mucho trabajo.
  2. Abre la IA y le pide directamente: “Cítame jurisprudencia sobre X”.
  3. La IA responde con uno o varios fallos muy prolijos.
  4. El abogado, apurado, asume que “si está tan bien redactado, debe existir”.
  5. Lo incorpora al escrito sin verificar en una base confiable.
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La trampa es invisible justo ahí: el texto suena sólido, encaja con lo que queremos sostener, respeta la terminología jurídica… y nos relaja el criterio de control. No vemos la alarma interna que sí tendríamos si un pasante nos trajera un fallo impreso sin cita verificable.

Si un practicante te trajera una “sentencia” de la nada, sin referencia en el sistema, la reacción sería automática: “¿De dónde sacaste esto? Buscámelo en la base.”
Con la IA, a muchos se les apaga ese reflejo.


Los riesgos no son teóricos: son procesales, éticos y comerciales

Usar fallos inexistentes no es una anécdota graciosa para contar en un asado. Tiene consecuencias bastante claras:

  • Pérdida de credibilidad ante el juez.
    Una vez que el tribunal detecta que citaste jurisprudencia que no existe, cualquier otro argumento tuyo entra con sospecha. Y recuperar confianza procesal cuesta muchísimo más que abrir el buscador jurídico desde el inicio.
  • Posibles sanciones procesales.
    Citar un fallo inventado puede ser visto como incumplimiento al deber de lealtad y buena fe procesal. En castellano: puede sonar a “manipulación de la fuente”.
  • Deterioro de la relación con el cliente.
    Si el cliente descubre que su abogado citó sentencias que no están en ninguna parte, la confianza se rompe. Y nuestra materia prima, antes que el derecho, es justamente la confianza.
  • Reputación profesional dañada.
    En un ecosistema jurídico chico, estas cosas se comentan. No hace falta mucho para que quedes etiquetado como el que “metió fallos de fantasía en un escrito”.

El costo es demasiado alto para algo tan sencillo de evitar: verificar.

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Cómo sí uso la IA cuando trabajo con jurisprudencia

Contado esto, podría parecer que la conclusión es “no uses IA”. En mi caso, es exactamente al revés: uso IA todos los días… pero nunca como reemplazo de las fuentes jurídicas, sino como complemento.

Algunas formas concretas en las que la herramienta sí me resulta útil:

  • Resumir fallos extensos.
    Cuando ya tengo la sentencia (descargada de la base oficial), uso la IA para obtener un resumen claro, identificar la ratio decidendi, ordenar los argumentos y pulir ideas.
  • Organizar criterios y compararlos.
    Si cuento con varios fallos sobre un mismo tema, le pido que me ayude a armar un cuadro comparativo: qué dijo cada tribunal, en qué difieren, dónde están los puntos centrales de acuerdo.
  • Traducir lenguaje técnico para el cliente.
    Puedo tomar una sentencia compleja y pedirle al modelo que la reformule en lenguaje llano para explicársela al cliente, sin perder precisión.
  • Preparar esquemas para clases, charlas o artículos.
    Con la base jurídica ya controlada, la IA sirve para transformar material técnico en esquemas, listas de chequeo o guías didácticas.

En otras palabras: no le pido que “invente” la jurisprudencia; le pido que me ayude a trabajar mejor con la jurisprudencia que yo mismo obtengo y verifico.


Buenas prácticas mínimas para no quedar atrapados en la ficción

Si vamos a incorporar IA al estudio jurídico, al menos tengamos un estándar básico:

  1. No pedirle fallos “de cero” al modelo.
    Si te devuelve sentencias “listas para citar”, asumí por defecto que son sospechosas hasta que se pruebe lo contrario.
  2. Verificar siempre en bases jurídicas confiables.
    Cualquier fallo que vayas a citar en un escrito debe poder encontrarse en tu base habitual: la que usás cuando no tenés IA abierta.
  3. Trabajar con textos que vos mismo cargás.
    La IA funciona muy bien cuando toma como insumo un PDF real del fallo, un texto copiado desde la base o un listado de sentencias verificadas previamente.
  4. Dejar registro interno de las fuentes.
    Aunque en el escrito no cites la base, en tu archivo de trabajo deberías poder rastrear de dónde salió cada jurisprudencia incorporada.
  5. Recordar quién firma el escrito.
    A la audiencia no se presenta “el modelo de lenguaje”. Te presentás vos, con tu nombre, tu número de matrícula y tu responsabilidad.
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IA, atajo y disciplina: el verdadero cambio que nos exige

La irrupción de la inteligencia artificial no derogó el Código Civil, ni el Código Procesal, ni el sentido común. Lo que sí hizo fue desnudar, con cierta crueldad, cuáles son nuestros hábitos profesionales.

Si usamos la IA como atajo para saltear controles que siempre debimos hacer, el problema no es el modelo. Es nuestra práctica.

Si, en cambio, la incorporamos como herramienta para pensar mejor, redactar mejor y explicar mejor, sin renunciar al control de las fuentes, la IA se convierte en un aliado razonable en el estudio jurídico.

En derecho, lo inexistente no sostiene un buen caso.
El filtro final no es el algoritmo: es el abogado que decide qué pone su firma debajo.